“Cuando el fin del mundo llegó…”



Una plaga de proporciones bíblicas azota a Bogotá, convirtiendo a sus habitantes en criaturas insaciables que devoran todo lo que encuentran en el camino. Algunos culpan al Gobierno. Otros hablan de corporaciones inescrupulosas. E incluso hay quienes optan por responsabilizar directamente a Dios, por ser el único capaz de desatar una hecatombe tan eficaz.


Boris Hernández no sabe a quién culpar. Su única certeza es que debe abandonar la ciudad por cualquier medio posible, antes de convertirse en un títere más del cordyceps y perderse para siempre entre las ruinas, las cenizas y el murmullo incesante de los contagiados.


Control Z logra una sátira ágil de la sociedad colombiana. Aquí está el primer capítulo de esta novela. Espere el 31 de octubre para descubrir su texto completo en Vivants!




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1




Cuando el Fin del mundo llegó, todos tuvimos que sacrificar algo. Algunos sacrificaron su moral. Otros su ética. Algunos sacrificaron su cordura. Algunos la risa, otros el sueño. Algunos sus bienes y otros sus males. Algunos su orgullo y otros su ambición. Algunos sacrificaron a sus seres queridos y otros a sus seres odiados.

Y una inmensa mayoría (cuyo número exacto no puedo precisar por carencia de fuentes fidedignas) sacrificó su propia vida.


***



El Fin del mundo tuvo su origen en la extinta República de Colombia, una alegre y pintoresca patria, que para ese momento estaba habitada por cuarenta y pico millones de ciudadanos, adictos al “guaro” y a los tamales. Ocurrió exactamente el día en el que tenía que ocurrir. Ese día en el que para cualquier colombiano, el único acontecimiento capaz de hacerlo peor, era precisamente… el Fin del Mundo.


***



Ese viernes, Boris Hernández se levantó medio zombi a las 8:47 am. Había estado ensayando con su bajo hasta las 4 am y llevaba apenas cinco horas de sueño cuando recibió una llamada de su hermano Pablo. Lograr vencer la somnolencia le tomó varios segundos, en los que el celular vibró sobre la mesa unas cuatro veces. Cuando alcanzó el teléfono y pudo contestar, su hermano ya había colgado. Intentó devolver la llamada pero fue en vano: buzón de mensajes.


Las noticias que salían del radio inmortal de la abuela María, se colaban por su puerta entreabierta. Era una voz masculina que describía uno a uno los acontecimientos del momento, de una manera elegante y parsimoniosa, capaz de anestesiar el oído de los radioescuchas, para que recibieran sin dolor toda esa sarta de tragedias.


Boris se dirigió al comedor para recibir su ración matutina de proteína y jugo de guayaba con naranja. La abuela recibió al nieto con un beso y un abrazo sentido. Ese día se cumplía un aniversario más de la muerte de sus padres, fallecidos trágicamente en un accidente automovilístico.


Boris no tenía tan presente la fecha, pues al momento del suceso era un pequeño de cuatro años, pero el atípico saludo de la abuela se lo había recordado. “Por la tarde vamos a visitar a sus papis”, le dijo María, con el dolor todavía latente en la voz, y continuó lavando los platos.


El abuelo Leonardo estaba sentado en la mesa, leyendo el único periódico de circulación nacional, cuya suscripción renovaba sagradamente todos los años para que no se pusiera en tela de juicio su nivel cultural (¡y porque no había otros periódicos “serios” en este país, ala!). El titular en primera plana decía “La fiebre amarilla se toma el Metropolitano”, en referencia a una enfermedad nacional que había aportado su buena cuota de muertos: el fútbol.


Al percatarse de la presencia de Boris, el abuelo emitió un gruñido moderado que pretendía funcionar como un “buenos días” y prosiguió con su lectura. Contrario a la abuela, al viejo Leonardo nunca le había gustado recalcar el carácter trágico de aquel día. En la radio, el periodista hacía juiciosamente un arqueo de todas calamidades que ocurrían aquella mañana bogotana, bajo ese sol-de-lluvia, henchido y resplandeciente.


Por una parte estaba el paro de camioneros, que a esa hora bloqueaban la autopista Medellín. Por otro, un aparatoso accidente ocurrido en la autopista Norte, que involucraba un bus de servicio público y una camioneta de transporte escolar cargada con 23 niños, de los cuales casi la mitad habían fallecido. Hablaba también de un incendio en una planta química en medio de la zona industrial, que los bomberos tenían serios problemas para controlar.


Al mismo tiempo, el paro agrario se mantenía en casi todo el territorio nacional, y ese día, los miembros de la Federación Colombiana de Educadores habían decidido unirse al movimiento. Su objetivo inmediato era tomarse “pacíficamente” la Plaza de Bolívar, luego de marchar por varias avenidas importantes haciendo colapsar el tráfico vehicular.


Sin embargo, los “profes” iban a tener que compartir la plaza con una “Minga” sin precedentes en la historia, que reunía a más de diecisiete mil indígenas, venidos de diversas regiones del país y que estaban acampando en el lugar desde hacía una semana. En otro punto de la MISMA ciudad, la embajada de Noruega había amanecido bloqueada por un inmenso grupo de desplazados, venidos desde el Tolima, que solicitaban a este filántropo país escandinavo una ayuda económica y política para poder regresar a sus tierras y recuperar la dignidad.


Un poco más allá, un barrio completo del occidente de la capital se encontraba bajo el agua, por causa del invierno aterrador que azotaba el país bananero por esos días. Adicionalmente, la crisis del sistema de salud había tocado fondo, razón por la cual más de la mitad de los hospitales de la ciudad se habían declarado en bancarrota y los que seguían operando, apenas podían hacerlo con normalidad.


Y así sucesivamente…


***



Con un prontuario de sucesos como este, en apariencia infinito, es comprensible que la noticia verdaderamente más importante del día haya pasado desapercibida en casi todos los medios de comunicación, salvo en uno: El Universo.


Este glorioso periódico local de antaño, caracterizado por su profundidad y sutileza en el manejo visual y textual de la información, fue el único que publicó (y hasta en primera plana) la noticia sobre un doble crimen pasional, ocurrido la noche anterior en el barrio Buenos Aires, localidad de San Cristóbal, al suroriente de la ciudad.


***



Honorio Caita trabajaba como celador en el Hospital General Universitario, uno de esos centros médicos que estaban pasando por una crisis presupuestal. El hombre llevaba casi un año sin recibir su paga, pero aún así regresaba a trabajar por un profundo compromiso con la institución (y porque no soportaba quedarse en casa con su mujer).


Todos los días muy temprano, compraba su ejemplar de El Universo y se lo leía durante los ratos aburridos del turno. Le encantaba llenar los crucigramas, aprenderse chistes, ver mujeres semidesnudas, pero sobretodo, leer acerca de las incontables desgracias que les ocurrían a sus conciudadanos. De esta forma lograba sentirse un poco mejor consigo mismo y encontrar algo que mitigara ligeramente el peso de sus múltiples problemas.


Esa mañana, mientras la ciudad comenzaba a despertar y los bogotanos se preparaban física y psicológicamente para enfrentar otra jornada de smog, multitudes, improvisaciones de rap, trancones, filas, almuerzos ejecutivos, miedos, etc., Honorio Caita leyó la noticia de primera plana en su periódico favorito.


El reportero de El Universo describía (y retrataba) con lujo de detalles la forma como un hombre, llamado Alexander Elías Machado, de 28 años, había asesinado a su esposa y al amante de ésta, utilizando un martillo y un cuchillo de cocina.


Al parecer, el homicida había sorprendido a su compañera sentimental en pleno acto sexual con el otro y se había enloquecido de celos, lo que finalmente lo condujo a terminar con ambas vidas. Los gritos de la mujer alertaron a los vecinos que optaron por llamar a la policía.


Cuando los uniformados arribaron a la escena del crimen (media hora después), Alexander ya estaba lejos de su casa.[1]


***



Alexander Elías (a quién podríamos bautizar como “El Paciente A”), había llegado en horas de la tarde a Bogotá, proveniente de Leticia. Durante el último mes había estado trabajando en algún lugar recóndito de la selva amazónica, donde se realizaban exploraciones petroleras ilegales.


Por cuestiones de orden público, la empresa extranjera que lo había contratado decidió enviar de regreso a una buena porción de sus trabajadores, razón por la cual Alexander apareció en su casa mucho antes de lo que su esposa había presupuestado.


***



El vuelo desde el extremo sur del país había sido un martirio para el hombre, debido a los escalofríos, dolores y punzadas que sentía en el todo el cuerpo. Esa mañana había detectado en la piel de su espalda unas ampollas pequeñas y redondas que se reventaban con solo tocarlas, así como una extraña mancha verdosa cerca del abdomen.


El avión hacia Bogotá iba repleto de pasajeros, ocupado principalmente por Alexander y sus compañeros de trabajo, venidos de muchos lugares de Colombia como Medellín, Barranquilla, Cali y Bucaramanga. El resto de personas a bordo eran extranjeros, pertenecientes a una excursión ecológica compuesta por cuatro gringos, dos franceses, dos alemanes, un japonés, dos mexicanos, dos australianos y un israelí.


***



Luego de matar a su esposa y al infeliz que le servía de amante, Alexander Elías bajó corriendo por las calles empinadas y al llegar a la carrera décima sintió que perdía sus fuerzas. Intentó detener un taxi, pero estaba pidiéndole demasiado a la noche: tenía la ropa manchada de sangre, deliraba de fiebre y se le dificultaba caminar, por lo que parecía un borracho más por las calles del barrio.


El sonido de una sirena de policía en la distancia lo condujo a ocultarse en un lote abandonado, detrás de un gran montículo de escombros. Al cabo de algunos minutos de esperar en vano la aparición de los uniformados, Alexander cayó desmayado.


El homicida permaneció en esa posición durante varias horas, tiempo durante el cual un mendigo que pasaba aprovechó para robarle la billetera, el reloj, el celular y los zapatos. La mayoría de estos artículos de valor serían convertidos en “bazuco”.


***



Con las primeras luces del día, un obrero que ingresó al lote para comenzar a llevarse los escombros, descubrió el cuerpo inconsciente de Alexander. Una ambulancia (45 minutos después) lo condujo hasta el centro médico más cercano: el Hospital General Universitario.


Por cuestiones del destino, Pablo, hermano mayor de Boris, se encontraba trabajando en el mencionado hospital, en el área más entretenida de todas: Urgencias. Como cualquier estudiante de medicina, Pablo había tenido que realizar al menos una práctica profesional en algún hospital de la ciudad, que estuviera ubicado más allá de la Avenida Jiménez, después de esa frontera invisible entre el Norte pudiente y el Sur empobrecido.


Un gran porcentaje de sus colegas de semestre habían quedado hastiados de tanta miseria, tanta mala suerte, tanto fatum, y después de terminar la carrera se habían dedicado a operar tetas y narices de señoras ricachonas.


Sin embargo, al doctor Hernández le gustaba aquel choque brusco y errático con la realidad oscura y sangrienta de su país, y era innegable que profesaba un gran humanismo. Tanto, que buscó su ingreso al pabellón de Urgencias de un modesto hospital público, donde sentía que podía hacer más por sus congéneres enfermos.


El problema era que curar a los pobres no era un buen negocio y por ende su entusiasmo se reducía a la misma velocidad que su cuenta bancaría. Al igual que la mayoría del personal, llevaba casi un año sin recibir la totalidad de su sueldo y comenzaba a cuestionarse el sentido de trabajar ahí.


La gerencia culpaba a las EPS (Entidades Promotoras de Salud) de no girar los recursos, mientras que el personal sospechaba que con toda esa platica se estaban comprando edificios en Miami o pagando cruceros por el mundo en 80 días.


***



Durante el corto trayecto hacia el hospital, los paramédicos de la ambulancia habían notado en el “paciente A” un extraño color de piel. Una posterior inspección les reveló que tenía el cuerpo cubierto por unas desagradables manchas verdosas que emanaban un olor amargo y terroso. Sobre las manchas crecía un extraño brote compuesto por miles de pequeñas ampollas redondas, que se estallaban al contacto.


Le encontraron también una pequeña protuberancia en la nuca, un cuerpo extraño que parecía estar creciendo debajo de la piel y amenazaba con aflorar en cualquier momento.


***



Alexander Elías ingresó en el pabellón de urgencias de “La Samaritana” a las 6:15 am, sin zapatos y con una fiebre de 45 grados centígrados. Después de valorar su condición, la enferma decidió acostarlo en una camilla y darle analgésicos. Al fin y al cabo no parecía algo tan grave como los otros pacientes que habían llegado apuñalados, atropellados, envenenados, baleados, lapidados, vapuleados, etc., etc. Además, era necesario averiguar su identidad (para saber si estaba al día con los pagos de su EPS).


Al cabo de una hora, finalmente Alexander pudo ser atendido (cuando las enfermeras lo vieron sacudirse en su camilla con violencia y llenarse la boca de babaza). Pablo ordenó a la enfermera aplicar una inyección para controlar las convulsiones. Al tacto descubrieron que la fiebre había bajado por completo.


Un minuto después, el paciente se estabilizó. El doctor y sus asistentes vieron a Alexander abrir los párpados y juzgaron el acontecimiento como una buena señal. Luego no les pareció tanto, cuando se percataron de que tenía los ojos completamente blancos, carentes de iris, como si todavía convulsionara.


El infectado se levantó lentamente de la camilla, con la quijada colgando y la boca entreabierta. Y antes de que alguien pudiera reaccionar atacó a la enfermera más cercana, propinándole un mordisco en el cuello, con el que arrancó un buen trozo de carne. Pablo y la otra asistente se abalanzaron sobre el paciente para intentar contenerlo, pero demostraba tener una fuerza superior a la de una persona común.


Honorio Caita, el ilustre celador, llegó muy diligente a colaborar con el forcejeo: ya estaba acostumbrado a ver maniáticos, drogadictos o energúmenos explotar en la sala de espera del hospital. Sin embargo este paciente se mostraba particularmente loco. Al punto que logró morder a la segunda enfermera en el brazo y al propio Honorio en el pecho.


Se necesitaron siete personas para lograr someter al infectado y atarlo con fuerza a la camilla. Al final, cuatro de estos individuos habían sido alcanzados por los mordiscos rabiosos que el contagiado repartía sin clemencia. Y mientras los heridos eran atendidos, Pablo se dirigió hacia su despacho, tomó el teléfono y se disponía a marcar la extensión del gerente cuando recordó que nunca llegaba antes de las 9 am.


Lo cual es absolutamente razonable.


***



Cinco minutos después, el doctor Hernández regresó al pabellón de emergencias para encontrar que la situación había empeorado: todas las personas heridas por los mordiscos de Alexander habían caído en un estado catatónico y convulsionaban con violencia. La misma babaza espesa brotaba de su boca.


Pablo ordenó que les aplicaran el medicamento antiepiléptico y adicionalmente una dosis de sedantes que fuera capaz de matar a un dinosaurio. La enfermera repartió jeringazos a diestra y siniestra y de nuevo el método pareció surtir algún efecto. Pero la triste realidad se les vino encima, cuando los cuatro infectados se levantaron de sus camillas y atacaron a las personas que tenían más cerca.


Pablo corrió de vuelta hacia la oficina, con un par de contagiados pisándole los talones. Por fortuna (pensó él), dos celadores más habían llegado a la escena tras escuchar los gritos y estruendos. El doctor Hernández ordenó a los guardias disparar contra los pacientes (algo que ellos siempre estaban prestos a hacer, en el eventual caso de que alguien quisiera salir del hospital sin pagar la cuenta).


Los “celachos” empuñaron sus revólveres y dispararon cada uno a un objetivo. Pablo tuvo miedo de ser impactado por alguno de estos vaqueros capitalinos. Los infectados recibieron su respectivo balazo, uno en el pecho y otro en una pierna, por lo que trastabillaron un poco, pero al cabo de un momento reanudaron su carrera.


Pablo pasó de largo a los guardias, al tiempo que se producían más detonaciones. Al dar media vuelta vio horrorizado que los pacientes no se inmutaban al ser impactados. Parecía como si los colombianos se hubieran vuelto inmunes a las balas (posiblemente después tantas décadas de convivencia y romance con el plomo).


Cada uno de los infectados se aferró a su presa, como un león hambriento, mientras el doctor corría por el pasillo.


***



Pablo cerró con llave la puerta de la oficina y se dirigió hacia el teléfono para marcar el primer número que se le vino a la mente: 123. Escuchó al otro lado de la línea una voz femenina, fina y dulce, acompañada por una hermosa melodía clásica (de esas que transmiten imágenes de pastizales verdes y nacimientos de agua fresca). Posiblemente elegían las mejores voces para calmar los ánimos de las personas aquejadas de alguna emergencia.


Sin embargo, el principal problema para Pablo en ese momento era que la voz de la mujer era una grabación. Y mientras el robot hablaba sobre una Bogotá “humana”, al exterior de la oficina comenzó a escucharse un sonido vibrante, profundo y repetitivo.


Dicho sonido era el ronroneo de un infectado, a simple vista intrascendente. Poco después se convertiría en parte fundamental de las pesadillas de toda la humanidad y sería lo último que escucharan miles de millones de personas antes de morir. La criatura comenzó a embestir la puerta con los puños y en ocasiones con su cuerpo. Por fortuna, la barrera parecía resistir.


Al teléfono, Pablo estaba escuchando la canción pastoral por quinta vez, mientras se estiraba hacia el perchero para coger su chaqueta. En el tiempo que le tomó recuperar la prenda, los sonidos al otro lado de la puerta se incrementaron, así como la cantidad de golpes y la intensidad de éstos.


Sacó su celular, localizó en la agenda el número de su hermano, Boris, y marcó. Por su oreja izquierda seguía llegando ese mensaje musical de la línea 123, que podía interpretarse como “todo va a salir bien, ante una emergencia lo mejor que se puede hacer es conservar la calma, esas no son penas, tampoco es el Fin del mundo, queremos que cultive su paciencia”, etc.


Por su oreja derecha, Pablo escuchó repicar la llamada cuatro veces (que en realidad le parecieron cincuenta) y finalmente la voz de su hermano recién levantado que decía “Este ‘man’ no deja dormir al prójimo…”.


Acto seguido, el teléfono emitió una sucesión de tres pitos agudos y se apagó, al tiempo que las bisagras de la puerta se rompían y una docena de contagiados ingresaba en la oficina.


El celular se había quedado sin batería.


Y Colombia sin minutos…






[1] Incluso si la policía hubiera llegado inmediatamente y capturado al asesino, lo más probable es que quedara libre algunas horas después. Así que en definitiva: el Fin del mundo era inevitable.

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